26 de octubre de 2009

Yo soy alguien importante.

¿Por qué nadie se había molestado en sacar la pierna de ese niño de la rejilla? Creo que los gritos llegaban hasta el final de la calle y yo que iba solo no pude sacármelos de la cabeza en todo el camino a casa. Cuando pasé por su lado pensé que, seguramente, no me costaría nada hacer un pequeño esfuerzo y, con un simple movimiento, hubiera podido liberar ese diminuto miembro grisáceo de las fauces metálicas que lo aprisionaban, ¿pero sabe una cosa?, había más gente a mi alrededor y puede que en el peor de los casos, alguno ni siquiera haya contemplado esa posibilidad. El aire olía a vela quemada. Lo noté nada más abrir los ojos esa mañana. Sabía que algo alarmante sucedería. Toda esa gente me estaba poniendo a prueba y, a la vez, yo les ponía a prueba a ellos. La cosa es que los gritos me acompañaron a casa y yo no tenía dinero para coger un taxi. Malditos coches amarillos con una mampara de plástico que te hacen sentirte como un puto don nadie. Te estigmatizan, claro, y luego te sacan la pasta. ¿Qué pensaría aquel pobre infeliz sobre los taxis? Si acaba perdiendo su maltrecha pierna, ¿seguirá cogiendo un taxi de la misma manera en que lo cogía hasta ahora? ¿Seguirá pisando sobre las baldosas de igual forma? Yo no. Yo miraría cada una de las líneas del suelo y las odiaría en silencio por seguir presentándose ante mí de forma tan impasible, como si les diera igual que yo camino sin una jodida pierna, o sin las dos. La muerte de una pierna. Como la de una persona. La gente continuará su ruta sin pensar en qué falta y qué no. En quién falta y quién no. Demasiadas veces me hubiera gustado pararme en medio de la mayor avenida de la ciudad y gritar con todas mis fuerzas “Yo soy una persona importante, hijos de puta, cuando me muera mi madre llorará cada vez que prepare una tarta de chocolate y mi hermano ya no tendrá a quién robarle las pelis”. Y me gustaría pensar que a alguno de ellos se le podrían quedar clavadas esas palabras, acompañándole en su camino hasta casa, adentrándose en su robótica rutina anónima. Maldita sea, es lo mínimo que merezco.

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