El aire de la mañana golpea severamente los pensamientos de los viandantes mientras se apagan las últimas farolas que quedan encendidas y lo único que sobrepasa la barrera del murmullo matinal es el aleteo de una paloma que muy probablemente carezca de al menos la mitad de sus dedos, como toda paloma de ciudad que se precie. Dentro de poco comenzarán los primeros atascos, las primeras colas en el banco, los primeros pelotones en el bus. Dentro de poco comenzará la vida oficialmente. Pero mientras dura esa tranquilidad extraña me invade un sentimiento gratificante. Quizás porque este tipo de detalles me calman, sencillamente, me calma saber que entre tanta furia mundana aún quedan time-outs concedidos por su propia dinámica. Lo cierto es que jamás se me ocurriría montarme en un sucio transporte urbano si alguien me garantizara que todos mis trayectos pudieran darse en esas circunstancias, aire frío, un par de almas cabizbajas sumidas en sus recién amputados sueños nocturnos y no más ruido del necesario. No me importa la longitud del recorrido. Pero claro. Eso es imposible. Por ello me resigno y entro a mi correspondiente lata de sardinas armada con un par de cascos que con suerte me harán pensar en Gardenya, Odyssey y Space Cadet, no en que una mujer con expresión neurótica me esté clavando su paraguas plegable en el costado o que un señor con sobrepeso esté a punto de pisarme tres veces seguidas. Y es que la carrera del día a día es déspota y traidora: a las palomas les va robando sus dedos, y a las personas su paciencia.
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