21 de septiembre de 2010

Life ain't nothing but a dream.

No sé por qué, recordé esa foto. Contaba una historia. Catorce enfermeras entradas en carnes, de expresión lúgubre, vestidas de blanco rodeaban el cuerpo aparentemente inerte de un joven que estaba conectado a una máquina de respiración artificial. Totalmente desnudo, yacía en la camilla mientras a su lado un hombre sentado tomaba notas en una pequeña libreta de manera minuciosa. El tono sepia de la instantánea le daba un matiz tétrico, necesario por otra parte. La misma muerte lo era: necesaria, y aunque en este caso se había tomado pragmáticamente esa serenidad como la esencia de una obra de arte, era algo jodidamente triste. Alejé de mi mente la fotografía y volví: el conductor anunció la parada de rigor con voz apagada. No tenía ganas de levantarme, pero sí de fumar un cigarrillo, y eso siempre es más fuerte que la pereza. Antes de abandonar mi sitio desenvolví la mitad del sandwich que había dejado sobre la mesita plegable y salí a la que podría haber sido una mañana un poco más calurosa. Fue en ese momento cuando sonó Life’s A Dream y mi mente volvió a elevarse sobre la realidad. Como en aquella fotografía, pero totalmente al revés. Un matiz, ese matiz, había vuelto a convertir algo necesario en otra cosa, una espera necesaria en un momento más de una historia, pero en este caso, de una historia jodidamente bonita.

Photobucket

No hay comentarios: