(...)
—Ya apenas te conozco, Roy. Ya no eres el de antes.
—Tenías razón sobre estas fechas —dije yo, yéndome—. Es asqueroso, es de locos, es una mierda. Hasta la vista.
Salí al frío de la noche, anduve sobre la nieve helada y bajé por un terraplén de nieve ennegrecida por la suciedad de la ciudad en dirección a mi coche. El aterrador espacio vacío entre lo que es amor y lo que ya no lo es se cernía sobre mis pensamientos. Me senté allí solo, asqueado, y el azul de las lámparas de arco de mercurio acentuaban la irrealidad de la noche. Apareció Berry, y trató de devolverme al mundo humano. Metió el torso por la ventanilla, y me abrazó y me besó y me deseó un feliz Año Nuevo, y luego dijo:
—Míralo de este modo, Roy: el Año Nuevo significa que ya estás a mitad de camino.
Sintiéndome estafado —se me había prometido la vida para luego hacerme apechugar con la muerte—, entré en la Sala de Urgencias muy borracho, deseoso de encontrar a quien me había engañado. A la medianoche en punto, cuando el año viejo se daba la vuelta y mostraba su vientre blanco y el año nuevo empezaba a mamar de su primera mañana negra, un borracho desnudo lo celebraba vomitándose encima una materia inmunda. Me senté en el cuarto de enfermeras rodeado de las fútiles tentativas de éstas por instaurar en aquel lugar un espíritu de fiesta. Mientras contemplaba cómo Elihu movía las caderas y daba taconazos al ejecutar una caricaturesca horah, pensé en los «números de revista» de Treblinka. Y luego pensé en las fotografías de los campos de concentración tomadas por los Aliados tras la liberación. Las fotografías mostraban a hombres terriblemente escuálidos a través del alambre de espino, seres todo ojos. Aquellos ojos, discos duros, en blanco. Mis ojos se habían vuelto discos duros y en blanco. Pero había algo en el fondo de ellos, eso era lo peor. Lo peor era que tenía que vivir con lo que había en lo más profundo de ellos; tendría que vivir con ello pero nunca habría de ser visto por el resto de los humanos, porque me separaba de ellos, como acababa de hacer con mis mejores amigos del pasado y con mi amor antiguo y único, Berry. Había furia y cólera y rabia tapizándolo todo como petróleo crudo sobre el mar. Me habían hecho mucho, mucho daño. Ahora no tenía fe en las gentes de este mundo. Y ¿la prestación de asistencia médica? Pura farsa. ACICALAR Y LARGAR. Una puerta giratoria. Yo no era alguien que aguardaba al final de un trayecto de ambulancia. No había ningún glamour en todo aquello. Mi primer paciente de Año Nuevo fue una niña de cinco años encontrada dentro de una secadora de ropa con la cara ensangrentada. Su madre, embarazada, la había golpeado una y otra vez con unos pantis llenos de trozos de cristal.
¿Cómo iba yo a sobrevivir?
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